Según datos recientes de Metroscopia, el 82% de los españoles cree que la transición a la democracia fue posible en España porque entonces todos los líderes políticos compartieron un mismo espíritu de consenso en la búsqueda de soluciones y acuerdos, anteponiendo el interés general del país al de sus propios partidos. Ahora en cambio, según un 88%, los principales partidos han abandonado aquel espíritu de concordia, lo que hace que un 73% considere necesaria una segunda Transición que, con el mismo espíritu pactista de la primera, acometa la modificación y actualización de muchos aspectos de nuestro actual sistema político.

El azar ha querido que la obtención de estos datos, que reflejan una añoranza ciudadana tan masiva de un estilo de hacer política bien distinto del actual, haya coincidido con la aparición en las librerías de este breve libro-alegato de Óscar Alzaga, una de las figuras destacadas de aquella primera Transición. El sondeo y el libro, totalmente independientes en origen y gestación, han acabado de forma imprevista confluyendo y complementándose. De hecho, parecería como si el texto de Alzaga viniese a explicitar las razones de fondo que sin duda subyacen tras el malestar detectado de nuestros ciudadanos.

El libro pretende ser un “toque de atención para navegantes acomodados a prácticas viciosas”: los “navegantes acomodados”, va de suyo, sería nuestra actual clase política; las “prácticas viciosas”, su aparente convicción de que una actitud de permanente confrontación es, electoralmente, lo más rentable. Esto último constituye un error, y además peligroso: error, pues los datos citados dejan ya claro hasta qué punto la confrontación permanente a cara de perro dista de ser el estilo político que la ciudadanía anhela; y peligroso por el riesgo que para el adecuado funcionamiento —y por tanto, la pervivencia— de nuestro sistema político supone que la crispación y el disenso se hayan enseñoreado del espacio antaño habitado por el diálogo, la concordia y el consenso. El actual clima político vulnera en realidad, y de forma frontal, un requisito esencial de nuestra Constitución: la imperiosa necesidad del pacto permanente. Sin este el entramado constitucional corre el riesgo de griparse. Un ejemplo: la demostrada incapacidad para cerrar de modo definitivo, por consenso, un tema de tanta importancia como el modelo de Estado (por cierto, señala Alzaga: “Se pudo y se debió consensuar en las Cortes constituyentes, en el Título VIII, un Estado federal. Eso es lo que —no debe olvidarse, aunque nunca se recuerda— muchos partidos de la oposición democrática al franquismo, durante lustros, habían estudiado y convenido, en algunos casos, entre sí”). Otro ejemplo: la Constitución remite al legislador ordinario, para su definición final, un número de cuestiones tan abultado que implica la elaboración de, al menos, sesenta leyes orgánicas, es decir, de leyes necesariamente consensuadas. Y un ejemplo final: sin un permanente clima de pacto y concordia resulta imposible renovar, de forma fluida y en plazo, la composición de órganos colegiados de vital importancia para la buena marcha de nuestra democracia. Amén de que, huérfanos de diálogo, nuestra petrificada Constitución es una excepción en Europa, por no haberse podido modificar durante tres décadas para mejorar sus fórmulas problemáticas.

Nada más erróneo, pues, que creer que, tras haber nacido por consenso, nuestra actual Constitución, una vez en vigor, “pueda desplegar su efectividad normativa en una dinámica política presidida por tantos disensos como cuestiones públicas surjan”. El autor analiza cómo nuestros partidos han sustituido la estrategia clásica de pugnar por el espacio electoral del centro para radicalizar la contienda, desde una “cultura de lo contrario” que desarrolla una agresividad que se cree respetable. La lucha política se despliega en nombre de ideologías de “dogmatismo reforzado”, que sustituye el constitucionalizado “pluralismo razonable” por un “pluralismo radical”, con tesis no reconducibles hacia acuerdos convivenciales. Y sobre eso nos alerta Alzaga en un texto sereno, respetuoso, sobrio y admirablemente escrito.

El País (edición impresa)