La participación electoral es un elemento esencial de cualquier democracia pues cuenta como criterio de legitimación del propio sistema. España se queda lejos del sobresaliente, pero actualmente supera la media de participación que puede establecerse a nivel mundial (73%)*: desde 1977 votan de media tres de cada cuatro españoles (74%). Sin embargo, la gente joven —entre 18 y 34 años de edad— tiende a votar, histórica y cuantitativamente, menos que el conjunto de la ciudadanía. Sin ir más lejos, en las últimas elecciones de junio de 2016 se estima** que votó el 61% de la gente joven, nueve puntos menos que la media nacional (70%) y 18 puntos menos que el colectivo de más de 55 años (79%).

Votar o no votar… esa es la cuestión que los jóvenes responden de forma distinta al resto de la población. Pero, ¿por qué?

El efecto Podemos-Ciudadanos

Que los jóvenes acudan a votar a las elecciones generales en menor medida que el resto de la población no es un fenómeno atribuible únicamente a España sino que, como recoge el último Informe de la OCDE Society at a glance 2016, sucede en la amplia mayoría de los países***. No obstante, el caso español presenta una particularidad relevante fruto de los acontecimientos políticos de los últimos años: el efecto Podemos-Ciudadanos.

Podemos, las confluencias**** y Ciudadanos reintrodujeron voto joven en las urnas del 20 de diciembre de 2015, después de que PP y PSOE perdieran aproximadamente la mitad del suyo desde el estallido de la crisis económica: entre 2011 y 2015 se produjo un incremento de participación electoral juvenil de ocho puntos porcentuales (del 58% al 66%).

El 20D puso de manifiesto que la asimetría de participación entre quienes menos votan (menores de 35 años) y quienes más votan (los mayores de 55 años) es notablemente elástica: se redujo a menos de la mitad entre 2008 y 2015 (de -26 puntos pasó a -11). La repetición de las elecciones el 26J agrandó de nuevo la distancia debido a que la caída de participación en el conjunto nacional (del 73% al 70%) se produjo de forma desigual: jóvenes (-5 puntos); edades intermedias (-5 puntos) y mayores (+2 puntos).

Parece pues que determinadas coyunturas políticas pueden reanimar la asistencia a las urnas y fortalecer así la idea de que, con incentivos certeros, quizá la participación electoral juvenil pueda lograr equipararse a la media española. Sin embargo, los datos de encuestas preelectorales y poselectorales de todas las elecciones nos recuerdan que esto no se ha producido nunca y que, por tanto, existe un porcentaje de abstención juvenil que, como el del paro, posee un carácter estructural.

Se ha insistido en que el vínculo del ciudadano con la política está relacionado en términos generales con el propio ciclo vital: incipiente, difuso y lejano cuando se es joven; madurado, concentrado y cercano cuando se es adulto; y atenuado, pasivo y desprendido cuando se es mayor. De ser acertada esta interpretación, nos toparíamos con que cierta abstención entre la gente joven sería inevitable. Por eso, si este carácter estructural es susceptible de corregirse de acuerdo a otros factores de motivación o interés especiales, la pregunta derivaría en cómo maximizar la participación juvenil.

Esta es una cuestión clave sobre todo para sociedades con graves problemas de envejecimiento de la población en las cuales la gente joven no solo tiene cada vez menos peso demográfico sino que, con un abstencionismo creciente o a la deriva, pierde también peso político en las instituciones democráticas representativas que se nutren del cauce participación convencional por excelencia como son las elecciones. Es curioso que, con estas condiciones actuales, pese a que la gente joven está convencida de que vivirá económicamente peor que sus padres, no decae su optimismo de cara al futuro.

 

¿Influye la mala situación económica y política en la abstención juvenil?

A mediados de los noventa en España se detectó que en los momentos de alta satisfacción generalizada con la situación política y económica del país se incrementaba la abstención electoral, mientras que en los momentos de alta insatisfacción se reducía, es decir, había mayor participación. Como señalaban Carles Boix y Clara Riba, una crisis económica o política aguda se traduce en un interés mayor en participar en las elecciones. Sin embargo, ese hallazgo, válido para entonces, no solo no parece que lo sea para este momento sino que se presenta justamente en sentido inverso: la crisis económica y política en España no ha traído consigo un aumento de la participación sino una disminución.

En las dos últimas elecciones (2015 y 2016) el malestar con la situación económica y política era prácticamente universal: más del 80% calificaba como “mala” ambas. Pero la participación electoral en ambos comicios fue modesta y descendente (72% y 70%, respectivamente), cuando los datos de insatisfacción con ambas situaciones once años atrás (2004) se situaban por debajo del 40% y la participación fue del 77%.

Al mismo tiempo, las subidas y bajadas de la abstención juvenil no parecen haberse regido tanto por la evaluación de la situación —compartida por la amplia mayoría de españoles— sino más bien por el cambio en la oferta política y electoral, como se ha señalado más arriba.

Se abre ahora el interrogante de por qué la irrupción de Podemos y Ciudadanos en momentos económicos y políticos críticos supuso la incorporación de una proporción importante de personas jóvenes —y también de abstencionistas— pero que, pese a eso, no se produjo un aumento significativo de la participación total. Si la mayor competitividad de las elecciones tampoco es un elemento decisivo para el aumento del número de votantes, cabe pensar que la crisis económica y política ha expulsado del sistema más de lo que los nuevos partidos han sido capaces de rescatar.

Asimismo, el dibujo de la abstención electoral en España varía considerablemente según las características y las lógicas propias de cada convocatoria electoral, por lo que no cabe establecer relaciones lineales entre el contexto y la abstención. De hecho, es destacado que, desde la aparición de Podemos y Ciudadanos, la ideología —entendida como la ubicación ideológica en la escala 0-10, en la que el 0 es la extrema izquierda y el 10 la extrema derecha— haya dejado de ser un factor significativo para explicar la propensión a participar en las elecciones generales*****. En los dos comicios inmediatamente anteriores (2008 y 2011) se observó que cuanto más a la derecha del espectro ideológico se ubicara el elector, mayor probabilidad de acudir a votar, y viceversa. Que este efecto se haya anulado el 20D y el 26J tiene que ver con que la movilización del electorado de Podemos (situado de media en el 3.3 de la escala 0-10) sea tan alta (79%) como la del PP (situado de media en el 6.7 en la misma escala), algo que no ocurría anteriormente entre PSOE y PP.

De cualquier manera, estos datos son claros síntomas de que la transformación del sistema de partidos en España apunta más a un cambio de fondo que de superficie.

¿Es la abstención de los jóvenes sinónimo de desinterés por la política?

El interés por la política es una actitud central para el análisis de la cultura cívica y para medir la implicación política de la ciudadanía, especialmente de los jóvenes. Sin embargo, como advierte Joan Font, no puede establecerse una relación causal directa entre la abstención y el desinterés por la política entre la gente joven. En primer lugar, este colectivo presenta, como ya se ha señalado, un cuadro de abstención estructural notable pero, al mismo tiempo, cabe destacar que es el más participativo a través de otros mecanismos políticos no convencionales como las manifestaciones, concentraciones o marchas de protesta. Y en segundo lugar, no muestra un desinterés generalizado sino más bien una visión crítica sobre algunos elementos de la vida política******.

El desinterés por la política de los jóvenes en España es, de hecho, inferior al del conjunto de la ciudadanía española, tal y como evidencian los datos recogidos por la Encuesta Social Europea de los últimos años. Esto es así hasta el punto de que España encabeza el ranking de los países de la OCDE de acuerdo a este indicador de desinterés diferencial: en nuestro país el nivel de desinterés por la política se encuentra en el tercio de países con un indicador más reducido y, a la vez, es 8 puntos porcentuales mayor entre el total de la población que entre jóvenes de 15 a 29 años.

Un desinterés que, por cierto, se ha reducido justamente en los últimos años, coincidiendo con la crisis económica y política así como con la aparición de Podemos y Ciudadanos. El aumento del interés por la política parece mantener pues una relación con el cambio de orientación del voto. Entre 2008 y 2014 el desinterés de los jóvenes por la política se ha reducido a la mitad.

 

* Media de participación de votantes registrados con datos de los últimos 5 años en 200 países. (Instituto IDEA: http://www.idea.int/data-tools/ansnt/521/40).
** Los datos sobre abstención o participación aquí expuestos son el resultado de estimaciones a partir de la intención de acudir a votar recogida en las encuestas. En ningún caso se trata de una información precisa o exacta sobre el comportamiento final, sino más bien aproximaciones fiables con un cierto margen de error (entre ±1.5 y ±3.5 puntos porcentuales) y basadas en las declaraciones de las personas entrevistadas.
*** En 29 de los 31 países analizados, el ratio de participación de personas de 18 a 24 años respecto al de personas de 25 a 50 años es inferior a 1.
**** En Comú Podem, Compromís y En Marea.
***** Afirmación sostenida en análisis de regresión lineal con la intención de acudir a votar (0-10) como variable dependiente y la ideología como independiente, controlando por sexo, edad y nivel de estudios.
****** Véase a este respecto el monográfico sobre la abstención electoral en España de Manuel Justel (https://libreria.cis.es/libros/la-abstencion-electoral-en-espana-1977-1993/9788474762136/)