El impacto de la crisis económica sobre las expectativas de consumo de las familias españolas parece atenuarse. El porcentaje de quienes perciben que la crisis les obliga a posponer compras necesarias se ha reducido en 18 puntos porcentuales: del 64% en junio de 2014 a un 46% en septiembre del 2015, según el último Barómetro de confianza en la Economía de Metroscopia.

Sin embargo, resulta paradójico que hogares con dificultades económicas reales estén en disposición de impulsar el consumo del país: nueve de cada diez españoles siguen teniendo problemas para llegar a fin de mes. Este posible contrasentido requiere una explicación desde varias perspectivas.

Los datos sugieren que la crisis ha generado un consumo adaptado a las nuevas restricciones financieras reales. El 52% de los ciudadanos ha tenido que recortar su gasto en ocio como consecuencia de la crisis. Este nuevo patrón de comportamiento se ha asentado en la sociedad española que quiere, pero no puede, regresar a los niveles de consumo previos a la crisis: siete de cada diez españoles opinan que se ha tocado suelo, pero perseveran en sus hábitos de austeridad.

Por otro lado, la planificación de las compras está influida por la percepción deflacionista del presente. Tras un período de caída de los precios (IPC del 2014, -1%), los ciudadanos perciben que no tienen mucho más recorrido a la baja y vislumbran un contexto favorable a compras que, sin embargo, no pueden acometer.  Esto genera una tensión entre los factores que impulsan el consumo (estabilidad de los precios) y los que lo retraen (ingresos insuficientes) que lastra la posibilidad de una recuperación económica.

Por último, el endeudamiento y el desempleo —ambos en niveles históricamente elevados— siguen pesando sobre los ingresos familiares. Una de cada cuatro familias tiene al menos un miembro en paro. A la vez, una parte importante de la escasa renta se dedica al desapalancamiento o pago de la deuda privada de las familias españolas.

La combinación de todos estos factores alimenta en la ciudadanía la noción de una recuperación lenta y en forma de “L”. Decía Keynes que los animal spirits dirigen la economía condicionando las decisiones de consumo e inversión según el estado de ánimo de los ciudadanos. En la oscilación entre euforia y desánimo, los ciudadanos quedan, por ahora, en el medio.

 

* Análisis llevado a cabo por el Equipo de Estudios Sociales y Económicos de Metroscopia integrado por Marcos Sanz Martín-Bustamante, Esmeralda Gayan y Silvia Bravo.