Seis de cada diez catalanes, según datos de Metroscopia, no querían una Declaración Unilateral de Independencia. Pero se produjo, y en “nombre del pueblo catalán”. Seis de cada diez preferían —y siguen prefiriendo— que el Govern (el anterior o el que resulte de las elecciones del 21-D) deje de lado el procés y opte por una estrategia negociadora con el Gobierno español para conseguir un mejor acomodo de Cataluña en España. Pero no está claro que comulguen con esta mayoritaria preferencia quienes, hasta ahora, han estado hablando en nombre de todos los catalanes.

En el resto de España, una clara mayoría considera que el gobierno español no ha sabido tratar adecuadamente la generalizadamente designada como “cuestión catalana” (etiqueta, por cierto, inadecuada: el problema, realmente, es de toda España), y una mayoría algo mayor considera que aún se está a tiempo de llegar a un acuerdo razonable y satisfactorio que resuelva la cuestión, por lo que habría que ponerse, cuanto antes, a ello. Está por ver.

Si la mayoría ciudadana, en Cataluña y en el resto de España, está a favor de la negociación, del pacto y del acuerdo, ¿cómo es que hemos acabado en el punto en que nos encontramos? Dionisio Ridruejo dejó ya diagnosticado que el persistente desencuentro entre Cataluña y el resto de España es, en esencia, producto de un malentendido inducido. Sencillamente, quienes a uno y otro lado del Ebro han ostentado a lo largo de estos años (y de tantos anteriores) la representación política de sus respectivas ciudadanías han tendido más, por lo general, a exacerbar los desacuerdos, los mutuos agravios, las respectivas quejas que a propiciar su reconducción desde la serenidad, la mutua comprensión y el diálogo. Sin duda es más cómodo y fácil envolverse en la propia bandera, excitar emociones y lanzar proclamas radicales (y, por ello, simplistas) que respetar las respectivas señas de identidad, propiciar la discusión razonada y reconocer las múltiples y complejas facetas de los problemas pendientes.

“Un equilibrio armónico de frustraciones mutuas”: así formula Richard Hofstadter el ideal democrático que inspiraba a los padres fundadores de la democracia estadounidense. Estas simples seis palabras bastan para condensar de forma nítida los dos rasgos fundamentales de una democracia consolidada. Por un lado, la existencia de una sociedad libre, y por tanto plural, diversa y compleja, cosida por el entrecruce permanente de valores, creencias, propuestas y opiniones diversos y aun contradictorios entre sí, pero todos ellos legítimos y con la misma aspiración a conseguir carta de naturaleza. Por otro, la consiguiente e insoslayable necesidad de una cultura política que tenga como pilares indiscutibles el mutuo respecto, y la predisposición al diálogo, a la negociación y al pacto. O lo que es igual: la renuncia a imponer todo lo que cada grupo, sección o formación desea y la proscripción de planteamientos cerrados, innegociables o radicales. La democracia, en definitiva, conlleva una compartida renuncia parcial a los propios objetivos e ideales y la búsqueda de puntos intermedios de encuentro en los que todos pierdan, y ganen, razonablemente por igual.

Ni habrá independencia de Cataluña, ni la Constitución española podrá seguir incambiada por más tiempo. No habrá independencia porque supone un objetivo (por respetable que, sin la menor duda es, para quienes la desean) que va, frontalmente, contra los signos de los tiempos. Las independencias en clave identitaria nacional pertenecen (por fortuna o por desgracia, según se piense) a un pasado cada vez más remoto: el mundo, y sobre todo Europa, camina hacia identidades transnacionales o supranacionales y este proceso parece tan firme como irreversible.

Cabe, por supuesto, optar por salirse del carril común (como ha llegado a proponer Puigdemont) y aspirar a una independencia-independencia pase lo que pase: es decir, constituirse en una especie de pequeño planeta ultranacionalista, en libre flotación en un universo político cada vez más interdependiente y mestizo. Una completa insensatez, por fortuna imposible en la práctica. Cabe también negociar una nueva forma de integración en España para, a su través, mantener la integración en una Europa Unida que pretende serlo cada vez más. A los nacionalistas-nacionalistas (tanto españoles como catalanes) no les queda otra alternativa que asumir un baño de realidad: la situación actual no puede perdurar; hay que redefinir el tablero; y hay que diseñar compensaciones mutuas para las inevitables cesiones que unos y otros habrán, mutuamente, de hacerse. Porque la alternativa, una vez evaporado el primer momento de exaltación emocional, es sencillamente el abismo.