Diferentes líderes de la nueva estrella del firmamento político español, Podemos, vienen señalando desde hace días su propósito de iniciar “un proceso constituyente para abrir el candado del 78 y poder discutir de todo”. Pablo Iglesias ha insistido en esa idea, si bien la matizó señalando que en la Transición hubo cosas buenas que, sin embargo, deberían cambiarse porque “son demasiado viejas: hay que devolver la palabra a la gente a través de un proceso constituyente”.

Lógicamente, una parte muy relevante de la Constitución de 1978, después de casi cuarenta años, requiere una revisión y un nuevo pacto constituyente. Con todo, dado el tenor del panorama político español actual, hay que subrayar esto último, pues lo que sí conviene, desde una perspectiva histórica, es preservar por encima de todo la cultura y los valores que alumbraron la Transición: consenso, pacto, tolerancia y, en relación con la idea de España que entonces triunfó, pluralismo nacional, cultural y lingüístico.

Aquel periodo de  implantación de la democracia en España no fue ni fácil ni lineal. Múltiples y complejas circunstancias influyeron en él. Y, aunque aquello terminó saliendo bien, tuvo mucho de improvisado y no fueron pocos los escollos que hubo que salvar en el camino. Se acertó en lo sustancial: en el hombre y el procedimiento, Adolfo Suárez y reforma, no ruptura.

Por fin, y tras un golpe de Estado, se superó la inestabilidad propia de aquellos momentos iniciales que, además, coincidieron con una gravísima crisis económica fruto de la crisis del petróleo de 1973 —en 1977, año que se inició el proceso constituyente, la inflación alcanzaba el 24,5%,  el PIB crecía al 0,2% cuando apenas tres años antes lo hacía al 5,7%, y el paro se había duplicado también ampliamente desde la muerte del Dictador, llegando a superar las 830.000 personas—. El PSOE alcanzó el poder, dándose paso a la imprescindible alternancia que ilumina toda democracia plena, algo que quedaría sancionado con la nueva llegada de los conservadores al poder en 1996.

La analogía es obvia. Si entonces personalidades salidas del tardofranquismo, vinculadas a la derecha española, pilotaron la marcha hacia la España plural, en la coyuntura  actual parece que será la izquierda la que va a llevar la voz cantante en este nuevo proceso, pues el Partido Popular ha hecho explícita su abdicación en este asunto. No es buena noticia y, en todo caso, el concurso de este partido es imprescindible en el proceso que parece que se va a abrir de manera inminente. Sería un error histórico que la reforma constitucional no cuente con el concurso, aportación y apoyo de un partido que representa a una parte sustantiva de la ciudadanía española. Todas las organizaciones políticas, económicas y sociales con cierto grado de representatividad deben participar en este proceso del que España debe salir fortalecida y no debilitada.

Los acuerdos y logros de la Transición acabaron con la imagen de nuestro país que creó el estereotipo romántico. Creada por viajeros –sobre todo ingleses y franceses- a comienzos del siglo XIX, presentaban el dramatismo y lo pintoresco como caracteres de este país. La pobreza del mundo rural durante buena parte de los siguientes doscientos años y la épica y el drama de la Guerra Civil remacharon aquella imagen ante el mundo. Los valores de la Transición crearon una nueva identidad española, ajena a toda esa dinámica. Nunca antes este país había asistido a un desarrollo, una modernización y un crecimiento comparable al de estas décadas que han sido en términos históricos, sencillamente, extraordinarias.

El deseo de todos los actores políticos de entonces de alcanzar la democracia y la concordia nacional superó toda diferencia ideológica que, ciertamente, no eran pocas y que, en su origen, habían llevado al enfrentamiento de las dos Españas que representaron sus padres. Como se recordará, en el cambio generacional al que asistió la política española en 1996, los nuevos líderes (no solo de los partidos de ámbito nacional, sino también los nacionalistas) no preservaron de la misma manera esa preocupación por llegar a acuerdos en lo fundamental —cambio unilateral del alineamiento de la política exterior española, plan Ibarretxe, aprobación del Estatuto de Autonomía de Catalunya…—. Hay ahora un nuevo cambio de guardia en el escenario político e institucional español que ha comenzado en la monarquía y que va a afectar a todas y cada una de las instituciones del Estado. Tal y como muestra el barómetro de Metroscopia, los ciudadanos comparten esa necesidad de cambio y reforma del sistema. Pero también valoran de manera inequívoca esa cultura política fundamento de la España de Todos nacida en 1978 fruto del acuerdo, de la reforma y no de la ruptura.

Segunda transición

· Antonio López Vega es profesor de Hª. Contemporánea de la UCM y dirige el Pulso de España 2014 de Metroscopia con patrocinio de Telefónica  y de próxima publicación en Ediciones El País.

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