Aunque el índice de pesimismo sobre la economía española ha mejorado, la percepción ciudadana continúa siendo todavía muy negativa: siete de cada diez españoles siguen pensando que es mala (el 90% opinaba esto mismo a finales de 2014). Al mismo tiempo, son más los españoles que consideran buena su situación familiar.

De entrada, puede resultar sorprendente —incoherente incluso— que el diagnóstico ciudadano claramente negativo respecto de la situación macroeconómica nacional no guarde el paralelismo que cabría en principio esperar en la evaluación que, al mismo tiempo, expresa respecto de la situación de la economía doméstica. Mientras que el 69% cree que la situación económica general del país es mala, el 61% define en cambio como buena su situación económica familiar (con todo, un apreciable 23% considera que es mala). En parte, esta aparente disonancia entre ambos diagnósticos de situación se explica por lo que, técnicamente, se conoce como sesgo de optimismo (u optimismo infundado o comparativo). La experiencia demoscópica muestra que, de forma generalizada, los individuos tienden a evaluar de forma más optimista o favorable las situaciones o cuestiones que les son más cercanas o conocidas que las que les resultan más ajenas o difusas.

Los graves problemas que se perciben en el marco macroeconómico no parecen, por tanto, trasladarse a las economías domésticas. Sin embargo, todos los indicadores económicos evidencian la drástica merma en el bienestar de muchos españoles. La mayoría se muestra masivamente convencido (74%) de que, como consecuencia de las medidas adoptadas para hacer frente a la crisis, España saldrá de la misma más pobre y más desigual de lo que era hace solo un decenio. La razón es que el poder adquisitivo de las familias se ha reducido año tras año desde que empezó la crisis —los últimos datos de la Encuesta Financiera de las familias muestran una reducción sustancial de la renta de los hogares españoles desde 2008: en 2014 el ingreso medio por hogar se situó en 30.400 euros, 5700 euros menos que al comienzo de la crisis—.

El empobrecimiento forma parte del paisaje vital cotidiano de los españoles. El 92% considera que en el momento actual existe mucha desigualdad económica y el 72% que va a continuar en esos niveles aún durante mucho tiempo. Todo ello hace aflorar esa sensación de bienestar aumentado. En una situación como la actual, la comparación de la economía personal con la del conjunto de la sociedad hace que se acreciente la sensación de estar en mejores circunstancias —probablemente bastante por encima de lo que correspondería realmente en términos estrictamente objetivos— que aquellos cuya situación económica es peor que la nuestra.

El efecto sesgo de optimismo se ha agudizado con la crisis económica. A partir de 2008, la distancia entre la percepción positiva sobre la situación económica familiar y la situación económica de España se ha ampliado convirtiéndose en un balance a dos velocidades: la brecha entre ambos diagnósticos, general y particular, se ha ampliado manteniendo una distancia de unos cuarenta puntos. La Teoría de la comparación social (o Teoría de la renta relativa) ofrece también otra posible explicación a esta disonancia perceptiva cuando afirma que la satisfacción que una persona obtiene de su nivel de ingresos depende del nivel absoluto de los mismos, es decir, de su capacidad para adquirir bienes o servicios, pero también depende del nivel de ingresos relativo, de lo que su valor representa respecto a los ingresos de los demás. Así pues, es el bienestar subjetivo más que el bienestar material el que hace más felices a los individuos.

Los indicadores económicos reflejan de manera cada vez más inequívoca el inicio de la recuperación y, aunque muy lentamente, la ciudadanía parece haber comenzado a percibirlo. Aunque, lo cierto es que aún queda tiempo para que la mejora se aprecie de manera efectiva en el bolsillo de muchos españoles. La clave está en que nuestra economía necesita continuar la senda de recuperación que ha emprendido para que el optimismo —sesgado o no— no decaiga.