La consolidación del multipartidismo (o lo que es lo mismo, el declive irreversible del bipartidismo) y el éxito de la moción de censura contra Mariano Rajoy, obliga a reflexionar de cara al futuro sobre dónde residen dentro de nuestra actual cultura política los límites a la hora de formar gobierno. Un cierto repaso histórico resulta imprescindible para aclarar la situación presente.

En el largo periodo bipartidista en España los límites para formar gobierno, entendidos como las fronteras que ni era posible ni conveniente traspasar, estuvieron bastante claros. El ganador aritmético de cada elección –el partido con mayor número de votos y escaños– se convertía en ganador político y, como tal, formaba gobierno. Así sucedió siempre entre 1977 y 2017.

Como ganadores aritméticos UCD, PSOE y PP fueron transformándose, sucesivamente, en ganadores políticos y, en calidad de tales, en partidos de gobierno. ¿Dónde fueron situándose los límites y estableciéndose en torno a ellos consensos a partir de este modelo?

Con Adolfo Suárez primero y Leopoldo Calvo Sotelo después, la UCD gobernó en solitario entre 1977 y 1982 completando sus mayorías con partidos nacionalistas no independentistas. Desde finales de 1982 y hasta 1993 el PSOE no necesitó recurrir a ningún tipo de alianza o acuerdo poselectoral para formar gobiernos en solitario. Y cuando en 1993 perdió la mayoría absoluta, se fraguaron algunos límites —y en cierto modo, también, reglas de juego implícitas— especialmente relevantes.

El PSOE obtuvo entonces el 38,8% de los votos y 159 escaños: 4 puntos y 18 escaños más que el PP. Fue, con cierta claridad, el ganador aritmético de los comicios. La Izquierda Unida de Julio Anguita logró, con el 10% de los votos, 18 escaños, y CiU, con solo el 4,9%, 17 escaños. Cabían, pues, dos mayorías: el PSOE con IU (177 escaños) o el PSOE con CiU (176 escaños) y se tomaron dos decisiones: pactar con los convergentes (es decir, no pactar con IU) y continuar ensayando la fórmula de gobierno en solitario y sin coalición.

Gobierno de partido y no gobierno compartido. El límite en estos 42 años ha sido bien claro: nunca en la historia de la democracia española desde 1977 hasta hoy ha habido, como resultado político de unas elecciones generales (no así, desde luego, en elecciones autonómicas o municipales), un gobierno de coalición. Regla inalterada a lo largo del tiempo a pesar de los avances incuestionables del multipartidismo.

En 1995 el PP encabezado por José María Aznar sucede al PSOE de González como ganador aritmético en las urnas con una reducida diferencia de menos de 300.000 votos y apenas un punto porcentual (38,8% frente al 37,6%). La peculiaridad del sistema electoral español hizo que el PP consiguiera 15 escaños más que el PSOE (156 frente a 141). En términos de bloques ideológicos la izquierda (37,6% del PSOE y 10,5% de IU) superaba en casi 10 puntos a la derecha: 48,2% frente a 38,8%. Pero quienes dispusieron del poder de arbitrar — CiU y PNV que con sólo el 5,9% de los votos sumaron 21 escaños— decidieron continuar con el patrón admitido: el partido que resultó ganador aritmético formó gobierno en solitario.

Las tres pautas están, pues, claras. Gobierna:

a) El partido aritméticamente ganador.

b) En solitario, sin coalición.

c) Con el apoyo, que es en cierto modo arbitraje, de los nacionalistas no independentistas catalanes, vascos, o, en la medida que sea como en este caso imprescindible, de ambos.

Y tras los gobiernos de AznarZapatero Rajoy, llegamos a la moción de censura. Las elecciones generales del 2016 han establecido un ganador aritmético claro, el PP con el 33% de los votos y más de 10 puntos de distancia en relación al segundo, el PSOE, con el 22,7%. Pero hay, entre otras, una diferencia sustancial respecto a elecciones anteriores: la representación de los nacionalistas no independentistas se ha reducido a cinco diputados —los del PNV— y hay en la cámara 15 diputados independentistas. La pregunta sobre el límite parece evidente: ¿pueden ejercer su función de apoyo y arbitraje los 15 diputados soberanistas de la misma manera que a lo largo del período anterior lo han hecho los diputados catalanistas no independentistas?

La moción de censura ha echado por tierra la pauta según la cual el ganador aritmético quedaba definido como ganador político. Esta ruptura instaura una nueva pauta mucho más acorde a la lógica multipartidista: los ganadores políticos lo son por su capacidad de liderar y construir en torno a sí coaliciones mayoritarias viables. Queda en pie, sin embargo, tras la moción de censura, la tendencia a los gobiernos en solitario, ahora agudizada porque el partido que ejerce “todo” el poder ejecutivo cuenta solo con 84 diputados de los 350 que componen la Cámara. Es muy posible que esta segunda pauta tenga los días contados y que los gobiernos venideros, si se mantiene viva la cultura multipartidista, lo sean compartidos y no de un solo partido.

Queda una última reflexión en torno a los límites tras la moción de censura. En las últimas elecciones celebradas en Suecia (9 de septiembre de este año) el partido populista y xenófobo (SD) alcanzó el 17,2% de los votos y 62 diputados en una Cámara de 349. Los dos bloques roji-verde (149 escaños) y de centro derecha (143) quedaron prácticamente empatados y lejos cada uno de los 175 que marca la mayoría.

Las posibles coaliciones, más allá de los bloques, se plantean una pregunta llamada a ser decisiva: ¿Qué poder se puede conceder a los 62 diputados de SD a la hora de formar gobierno sea cual sea este? Hasta ahora sus votos han servido para evitar que el ganador aritmético, el Partido Socialdemócrata sueco con el 28,3% de los votos, se haya convertido en el ganador político. Pero el debate continúa. En España a los 15 votos soberanistas (8 de ERC y 7 de JxCat) se les ha otorgado poder de rechazo para hacer prosperar la moción de censura contra Mariano Rajoy. Pero en la medida que el éxito de la moción conlleva la sustitución del censurado se les ha concedido también poder para otorgar gobierno. ¿Continuará vigente ese poder cuando, ya sin mayoría de rechazo, se trate únicamente de constituir gobiernos?

El futuro de los próximos gobiernos españoles no está condicionado sólo por la fuerza electoral de los distintos partidos políticos ni siquiera por la de cada uno de los posibles bloques, el de centro derecha (PP y Ciudadanos) el de centro izquierda (PSOE y Ciudadanos) y el de izquierda (PSOE y Unidos Podemos). Está condicionado, también, y en muy buena media, por la capacidad del propio sistema político para definir los límites que deben acotar los pactos. Puesto que parece que el multipartidismo ha llegado para quedarse, bueno sería avanzar en la construcción de una lógica y una moral política que haga posible en el futuro la correcta gestión de coaliciones viables.

Artículo publicado en: lainformacion.com