España podría llevar ya meses con un gobierno de centro-izquierda (PSOE-Ciudadanos), minoritario y precisado de permanente negociación con las demás fuerzas políticas. Lo vetaron PP y Unidos Podemos, y las resultantes segundas elecciones solo beneficiaron al PP, que pasó de 123 a 137 escaños. La historia podría repetirse ahora si antes del próximo día 31 no se lograra la investidura de un gobierno: según el sondeo de Metroscopia, el PP volvería a ser quien mejor partido sacaría de una tercera cita electoral, ampliando su distancia respecto de Unidos Podemos y PSOE. La baja participación, en cambio, castigaría especialmente al PSOE, que en estos momentos solo tiene fidelizados a la mitad de sus votantes de junio. La fracción más moderada de su electorado —el más afectado por la ahora deshilachada identidad distintiva de su partido— se mantiene, pese a todo, básicamente fiel a sus siglas… pero desde su casa. Tiene así razón el profesor Manuel Cruz cuando afirma que en la actual coyuntura la disyuntiva es, en realidad, o Rajoy ahora, o más Rajoy dentro de tres meses (y ya no, como hay quien parece seguir creyendo, Rajoy sí o Rajoy no).

El PSOE vive con excesivo desgarro interno la cuestión de la abstención. Si no se demonizó a Unidos Podemos por unir en marzo su voto negativo al del PP, no resulta fácil entender por qué en cambio ahora la abstención del PSOE en una sesión de investidura puede suponerle un vergonzoso e imperdonable pecado político. La abstención no supone, precisamente, un generoso regalo al PP: más bien le sitúa, al fin, en condiciones de poder ser controlado parlamentariamente. Dada su situación minoritaria, para cuanto pretenda hacer necesitará forzosamente negociar el apoyo (que le costará conseguir: no será fácil ni gratis) del PSOE, imprescindible para alcanzar mayorías absolutas en la Cámara. No parece un mal negocio para un partido que dista de estar en su mejor momento. El problema es que esto, tan obvio desde fuera, no resulta fácil de percibir para muchos de sus integrantes, enfebrecidos durante meses por un mantra (no es no) tan cargado emocionalmente como ayuno de sustancia programática. La ciudadanía (y especialmente los votantes socialistas) evalúan positivamente los esfuerzos de Javier Fernández por atajar una dinámica interna autodestructiva y potencialmente letal,  reconduciendo los ánimos y propugnando la racionalidad analítica y el sentido de la responsabilidad. Es lo que necesita ahora un PSOE que está, ciertamente, tocado, y mucho. Pero todavía no hundido, —aunque sí hundible a poco que alguien ponga empeño en ello—.