Una amplia mayoría de españoles considera que, tras estas elecciones, es al PP a quien —aunque esté lejos de la mayoría absoluta— le corresponde gobernar: lo cree así el 58% frente a 39% (y el 73% entre los votantes de Ciudadanos, la mitad entre los del PSOE y hasta la cuarta parte entre los de UP), según el último sondeo de Metroscopia. No es que cedan al derrotismo, al entreguismo o que renuncien a las propias ideas: optan por el posibilismo. La ciudadanía no exhibe planteamientos fundamentalistas: de forma masiva opta por cualquier pacto o acuerdo que evite unas nuevas elecciones. Claro que no a cambio de nada: todo acuerdo, pacto o negociación conlleva, inevitablemente, contrapartidas y concesiones mutuas. Y lo que la ciudadanía indica es que lo que ahora procede es precisamente lo que no reciben: explicaciones, detalladas y claras de los términos, condiciones, acuerdos y contrapartidas que harían posible la investidura de un Gobierno.

Los españoles, en este tiempo de reorganización de su sistema político, exhiben opciones ideológicas claras y firmes pero, al mismo tiempo, se muestran decididamente moderados y pactistas. Ahora, como antes de estas elecciones, la sociedad española muestra el mismo perfil ideológico. En la escala ideológica izquierda/derecha de once puntos (en que 0 equivale a extrema izquierda, y 10 a extrema derecha), los españoles se sitúan ahora, en conjunto en el 4.9. El 60% sigue identificándose con los tres valores centrales (4, 5 y 6). Entre los votantes del PP, que se perciben en el 6.6, el 50% se identifica con el centroderecha (puntos 5 y 6), y tan solo un 10% con el 9 y 10. En el caso de UP, sus votantes se ubican en el 3.5, pero un 46% lo hace en dos de los puntos centrales (4 y 5) y solo un 7% en el 0 y 1. Los votantes del PSOE se colocan en el 4.3, y un 63% se identifica con el 4 o el 5.Finalmente, los votantes de Ciudadanos, que se ubican en el 5.5, son ahora los que quedan más cerca del punto central de la escala ideológica. El 72% de ellos se identifica con el 5 o el 6.

Estos datos del sondeo invitan a concluir que son más bien los líderes políticos los que (utilizando a sus votantes, erradamente, como pretexto —como si desconocieran lo que estos realmente sienten y piensan—) se encuentran empantanados en una longitud de onda distinta, tejida de líneas rojas, de vetos recíprocos y de incapacidad para dialogar y negociar. Parece hora ya de acoplar las pulsiones de los dirigentes a lo que de ellos esperan los dirigidos.