El debate de investidura de Pedro Sánchez debe ser entendido como el primer capítulo del complejo tiempo político que abre el 20D en España. Un tiempo que devuelve al Parlamento su carácter central: el escenario donde los líderes –ahora ya todos– dirimen sus diferencias e intentan ganar el favor del “público” como actores fundamentales del proceso de personalización de la política en una democracia de audiencia. La fallida investidura ha sido una suerte de presentación de los nuevos y viejos actores en el marco parlamentario del nuevo tiempo. El debate ha de ser interpretado más como una contienda de liderazgos que como una batalla abierta de marcas.

Los resultados de los sondeos de Metroscopia posteriores a las dos sesiones parlamentarias permiten resumir el balance de los cuatro principales líderes en cuatro conclusiones:

a) Albert Rivera emerge como “líder parlamentario” del momento y se convierte en el gran vencedor del debate;

b) Pedro Sánchez logra mejorar su perfil presidencial entre el conjunto de la ciudadanía tras su actuación en la fallida investidura;

c) Mariano Rajoy mantiene una alta dosis de confianza entre sus seguidores pero se debilita y pierde “atributos de poder” en segmentos significativos de su electorado tradicional; y

d) Pablo Iglesias ha sufrido un notable desgaste en su estreno parlamentario que le debería obligar a un replanteamiento en la definición y en la ejecución de su rol de líder.

Estos sondeos coinciden con la extendida impresión de que Rivera ha sido el “vencedor táctico”, en atinada expresión de Enric Juliana, en la actual fase de incertidumbre de la vida política española. “Victoria” que se basa en la conexión, básica en la democracia de audiencia, entre Parlamento y público.

Su liderazgo se expresa no solo en la capacidad de compactar y cohesionar a sus votantes sino también, y sobre todo, en la habilidad para “seducir” a los votantes de las formaciones contiguas: PP por la derecha y PSOE por la izquierda. Más de dos tercios de ambos electorados (PP 65% y PSOE 69%) aprueban en conjunto su “actuación” política con saldos evaluativos favorables de +31 entre los del PP y +58 –cifra elevadísima tratándose de un competidor– para los del PSOE.

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Albert Rivera construye, pues, su liderazgo parlamentario en clave de transversalidad logrando evaluaciones altas, simultáneamente, en los territorios electorales contiguos al suyo propio. Y esa transversalidad política se ve confirmada por una notable transversalidad social: su saldo evaluativo es favorable en todos y cada uno de los segmentos de edad (desde el +14 en jóvenes de 18 a 34 años, al +33 en los mayores de 65) y en todas las categorías sociolaborales: ocupados (+19), parados (+12), jubilados (+28), estudiantes (+12) y amas de casa (+31).

Los datos reflejan, además, que nos hallamos en presencia de un liderazgo transversal sin reciprocidad: Albert Rivera obtiene mejor evaluación entre los votantes del PSOE y PP que Sánchez y Rajoy entre los votantes de C’s que sorprenden (-11 de saldo evaluativo) al líder del PSOE y, de forma aún mucho más inequívoca (-48) al del Partido Popular.

Pero el debate ha producido otro resultado: le ha otorgado a Pedro Sánchez un perfil presidencial del que carecía en la misma medida que, asimétricamente, se debilita el de Mariano Rajoy. El líder del PP logra mantener una considerable aprobación de sus votantes (con un saldo favorable, entre ellos, de +68, algo inferior a los que obtienen Sánchez (+77) y Rivera (+78). Son más los españoles que prefieren a Sánchez como presidente y, lo que resulta más que significativo, el secretario general del PSOE supera a Rajoy entre los jubilados (36% frente al 28%), categoría especialmente sensible a lo que implica atributos de poder: haber sido visualizado como el sujeto de la investidura a pesar de su fracaso.

Pablo Iglesias aparece a la luz de los datos como el gran perjudicado del debate de investidura. Es, con mucha diferencia el líder que peor saldo evaluativo obtiene entre sus votantes (solo +48) y su figura se ha fragilizado, incluso entre los segmentos más tradicionalmente afines como los jóvenes de 18 a 34 (-25) o los estudiantes (-30). El contraste con Alberto Garzón pone en mayor evidencia aún la negativa percepción de Iglesias: nada menos que el 86% de los votantes de Podemos aprueba la actuación de Alberto Garzón, cuyo saldo evaluativo entre ellos se sitúa en un significativo +73, es decir, 25 puntos superior al saldo de Pablo Iglesias.

Para los dos partidos emergentes el debate de investidura marca su estreno en el nuevo tiempo. Estreno que se salda con una doble interrogación: cómo en un caso –el de Ciudadanos– se logra trasladar el éxito del liderazgo a la marca y cómo en el otro –el de Podemos– se evita que un liderazgo debilitado contagie a la marca.