Tomemos el caso de nuestro país. En un momento de generalizado desánimo, de profunda crisis económica y de creciente desafección ciudadana respecto de nuestros asuntos colectivos, la andadura de la selección española en el Mundial ha tenido un efecto galvanizador tan extendido e intenso como imprevisto. Para empezar, en todas partes los balcones se han llenado de banderas. Se acude a ver los partidos (y a celebrar los resultados) arrebujados en ellas. Y así, de pronto, en unos días, parecen haberse diluido en mayor medida que en tres decenios largos ya de democracia todas las reticencias, reservas o segundos sentidos que aún parecían subsistir en relación con el uso de la enseña nacional. La bandera ha pasado de pronto a ser, pura y simplemente, la bandera de nuestra selección, es decir, la obvia bandera de todos, sin connotación alguna de cualquier otro signo. Esta banalización, cordial y llena de naturalidad, de un elemento simbólico tan importante representa sin duda un saludable síntoma social y a la vez sugiere que quizá el trasfondo identitario de los actuales españoles, sobre todo de los más jóvenes, es más sosegado y apacible de lo que a veces algunos dicen.

Pero hay más: esta selección de fútbol que ha enfebrecido al país es una selección peculiar. “Visca España” ha titulado, en primera página, un diario deportivo madrileño para subrayar y a la vez rendir tributo a algo obvio: el equipo del gran Del Bosque (ese al que su Real Madrid consideró “técnicamente desfasado” en una funesta hora que no hay madridista que no haya lamentado mil veces) es, en esencia, el espléndido Barça de Guardiola entreverado con jugadores de varios otros equipos, entre ellos su principal rival, el Real Madrid. Y todos, jugadores y aficionados, han hecho piña en torno a este equipo y se sienten orgullosos de un estilo de hacer fútbol que, acuñado originariamente por el Barça, ha pasado ahora, mundialmente, a marcar época como el “estilo de fútbol español”.

Y aún hay más. Los jugadores y técnicos de la selección están dando una restallante lección a nuestra sociedad y, muy especialmente, a la parte de la misma más necesitada probablemente de recibirla: nuestra clase política, en general. Bien podría esta aprender de un equipo (sin duda diverso y plural en las ideas, creencias y gustos de sus componentes) en el que sólo se rivaliza en humildad, elegancia, respeto al rival, compañerismo, lealtad y búsqueda colectiva, sin fisuras, de lo mejor para el conjunto. ¿Dónde están, en nuestra escena política, los equivalentes, por ejemplo, a un Guardiola, a un Del Bosque, a un Casillas o a un Puyol?

Y para terminar: cuando tanto se habla de soft power, o de “marca-país”, ¿es posible no caer en la cuenta del estrépito que supone el paso de nuestra selección por el Mundial? Su estela de calidad (futbolística y humana) constituye el mejor y más efectivo reclamo publicitario para nuestro país: resulta difícil imaginar alguna actividad colectiva española que, en unos pocos días, fuera capaz de concentrar la atención de todo el mundo —en el sentido literal de la expresión— en lo que nuestro país es, hace y representa como lo ha conseguido nuestra selección nacional de fútbol, a través de la generalizada admiración que ha despertado.

El País (edición impresa)