Los militantes proponen, pero —aunque con frecuencia parezcan olvidarlo— no son ellos, sino los votantes, quienes finalmente disponen. Para tres de los cuatro partidos que dominan la actual escena política nacional (Ciudadanos, PP y Podemos), ha empezado ya la hora de la verdad: la de los votantes, que ya tienen propuestas programáticas y de liderazgo sobre las que pensar y decidir. Falta tan solo la del PSOE que gravemente dañado por dos consecutivas catástrofes electorales (de las que no rindió adecuadamente cuentas ni hacia dentro ni hacia fuera de sus muros), ha optado por un prudente, y quizá necesario, tempo lento de recomposición. Hasta que este cuarto protagonista no entre en escena, no cabe estimar fundadamente, y en razonable igualdad de condiciones, como quedará reconfigurada de cara a los próximos meses (o, quizá, años) la liza política. Tampoco como se posicionarán ante ella quienes deberán decidir el resultado final de la misma: es decir, los electores. Al respecto, cuanto ahora se pueda pensar o discutir no puede, por fuerza, ser sino meras elucubraciones, más o menos sensata o ingeniosamente trenzadas, pero carentes de un sustento empírico plenamente fiable. El cuadro tiene todavía, en penumbra, una parte importante del paisaje que aspira a reproducir.

Lo que sí parece ya posible detectar con claridad —como plantea el sondeo de Metroscopia— es la reacción primera de tres de los cuatro electorados ante lo que, tras su cónclave, han resuelto proponerles los militantes de las formaciones a las que, en junio, dieron su voto. La conclusión de conjunto que de los datos disponibles se extrae es que los tres Congresos han conseguido reagrupar y galvanizar a sus electorados. En principio, pues, se habría logrado el éxito que, en definitiva, se pide a esas representaciones escénicas —con su punto de catarsis— que son los Congresos. A lo que, en realidad, aspiran estos es a propiciar una comunión lo más intensa posible entre dirigentes, militantes y votantes. Con todo, se percibe alguna incomodidad, aquí y allá, que, de no ser adecuadamente abordada, podría acabar por agrietar en alguna medida las aparentemente rocosas fidelidades ahora exhibidas.

En el caso de Ciudadanos, procedería considerar por qué, sistemáticamente, es el partido que, con diferencia, despierta más simpatías pero menos votos consigue. En el caso del PP, quizá sea prematuro dar por totalmente superado por sus votantes un malestar de fondo tan ayuno de la cauterizadora contundencia requerida como reactivado periódicamente desde los ámbitos judiciales con su consiguiente eco mediático. Probablemente los hechos del pasado pueden ahora pasar factura no ya en nuevas pérdidas de votantes sino en la dificultad para recuperar a los perdidos. En cuanto a Podemos, el muy parecido apoyo que sus votantes expresan a Iglesias y a Errejón sugiere que la clara fisura entre ambos —perceptible en Vistalegre II— no parece compartida de forma similar por su electorado. Toda una advertencia.

Y ahora, a la espera ya tan solo del PSOE para que, al fin, la escena política deje de parecer más un preestreno que una función ya rodada y definitivamente en marcha.