A solo una semana de celebrarse la repetición de las elecciones generales, la sociedad española sigue convencida de que el Reino Unido mantendrá su permanencia en la Unión Europea (64%), aunque esta percepción se ha reducido en nueve puntos porcentuales (en la segunda semana de junio alcanzaba el 73%) desde que las encuestas británicas de los últimos días comenzaron a apuntar como favorita a la escisión —los últimos datos otorgan una ventaja de hasta siete puntos—. Las casas de apuestas, por su parte, han recortado de forma notable el margen de una victoria de la permanencia.

En España, el apoyo a la UE permanece en niveles muy elevados desde el año 86. El porcentaje de ciudadanos que piensa que la integración ha conllevado y conlleva beneficios netos positivos se incrementa casi todos los años frente a los que afirman lo contrario —casi un 78% según el último sondeo de Metroscopia—. Mientras, la percepción de la ciudadanía británica sobre los beneficios netos de la pertenencia a la UE ha ido en sentido contrario, especialmente desde el año 1992 —el porcentaje que opina que la pertenencia a la UE es negativa supera año tras año según los datos de Eurostat a quienes la consideran positiva— ¿Por qué tan distintas percepciones  entre los ciudadanos de ambos países?

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En el caso del Reino Unido, no es casualidad que este giro negativo de opinión se produjera precisamente en el año 1992. En ese convulso año se firma el Tratado de Maastricht, emergiendo la Unión Europea como tal. Más importante aún para el orgullo británico (tan presente en este referéndum), el especulador George Soros gana una batalla abierta apostando contra la libra en el mercado de derivados al mismo Banco de Inglaterra. El resultado es bien conocido: la salida de la libra del Sistema Monetario Europeo. Se abandona la especulación sobre la presencia del Reino Unido en la formación de la moneda única y los británicos definen con claridad su nuevo status quo: fuera del euro pero inmersos en el entramado institucional comunitario. Sin embargo, las demandas de mayor calado del ciudadano británico no quedaron cubiertas con esta negociación. Tras la victoria de Cameron queda servido el prometido plebiscito, casi a imagen y semejanza del ya celebrado en 1975[1].

Pero españoles e ingleses no solo divergen en la valoración de la situación de los países dentro del entramado económico-institucional europeo. Un análisis más profundo de los sentimientos identitarios de los ciudadanos de ambos países, amplía incluso más estas diferencias. Mientras casi un 60% de los españoles definen como compatibles y coexistentes sus identidades nacional y europea, tan solo un 30% de los británicos manifiesta sentir esta dualidad identitaria (i.e. el 60% se define como exclusivamente británico). El argumento económico se mezcla, por tanto, con el de corte emocional sugiriendo que el Brexit puede aunar ambos para crear una tormenta perfecta que arrastre al Reino Unido fuera de una ya de por sí debilitada UE.

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En el Reino Unido, los partidarios de quedarse en la Unión Europea han hecho énfasis en los argumentos económicos. Es más, la mayoría de los economistas británicos han mostrado un consenso claro al resaltar los costes e incertidumbres del Brexit muy por encima de los beneficios. Por otro lado, los partidarios de la salida apelan a argumentos de corte más visceral. Las palabras de Michael Cove, cabeza visible del Brexit en el partido Conservador, ilustran esta antítesis racional vs. emocional: “los británicos estamos hartos ya de expertos”.  Desde esta óptica, el referéndum se plantea como un merecido golpe al establishment: no importan los costes asociados, importa el gesto.

Lo cierto es que los daños directos y colaterales del Brexit no se pueden calcular con exactitud. Las posibles consecuencias para España aún menos. La ciudadanía española, sin embargo, tiene una opinión bastante clara: no serían positivas. Un 79% de los españoles sigue pensando que las consecuencias económicas para la Unión Europea serían muy negativas y un porcentaje similar piensa que también sería devastador para España —un 73%—.

Si los españoles pudieran votar en las elecciones, lo tendrían muy claro: no habría Brexit. Cerca de un 80% votaría permanecer en la Unión Europea, muy alejado de las previsiones de los sondeos británicos cuyos resultados muestran un patrón básicamente territorial. Los votos de ingleses y galeses se decantan en mayor medida por la salida de la Unión, mientras que norirlandeses y escoceses, proeuropeos, apuestan por la permanencia. La opinión entre la ciudadanía española es bastante homogénea y apenas se observan diferencias entre los electorados potenciales de los cuatro principales partidos. Este elevado grado de consenso, al margen de la ideología o el color del voto, revela, al menos por el momento, que la sociedad española no presenta preocupación por el Brexit sino más bien cierto optimismo.

Quizás el ciudadano español no ande tan desencaminado cuando opina sobre el resultado posible del referéndum británico. Un análisis detallado de los referéndums celebrados desde 1975 en las Islas Británicas muestra un comportamiento electoral recurrente en este tipo de contextos: el giro en última instancia hacia un voto pro statu quo. Este momento presenta cierta similitud con las fechas previas a la consulta por la independencia de Escocia en septiembre de 2014. Al principio las encuestas daban favorito al no a la independencia, luego se ajustaron y finamente ganó holgadamente el no.

Existe una inexplorada derivada del referéndum inglés que podría vincular las consecuencias del Brexit más allá del ámbito económico. De producirse la salida, los expertos coinciden en que, con toda seguridad, habría de celebrarse un nuevo referéndum de salida en Escocia. El número de partidarios de permanecer en el Reino Unido, podría modificarse sustancialmente si en la región más europeísta de las Islas se plantease una opción excluyente: Reino Unido vs. Unión Europea.

Otro referéndum de incierto resultado que abriría complejos escenarios que, sin duda, tensarían todavía más la debilitada cohesión del proyecto europeo. Irónicamente, el propio Soros artífice de la expulsión del Reino Unido del SME, es hoy uno de los principales defensores de la permanencia del Reino Unido en la UE. La semana pasada manifestaba con preocupación en una entrevista en el Financial Times: “Si el Reino Unido sale de la UE, podría alentar a otros países a seguir su ejemplo”. Es posible que este sea también el temor latente de los españoles.

[1] El único precedente de votación de salida de la Unión Europea junto al Reino Unido es Groenlandia.